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La flor, Por Aylen Bucobo

“La paciencia es una flor que no se encuentra en cualquier jardín. Es una flor que se cultiva con amor y se cuida con tesón para que florezca todos los días”

La paciencia todo lo puede, mientras que la esperanza guía nuestros pasos. Esperar no sólo es una gran virtud, sino que es una cualidad que se cultiva, se trabaja, se desarrolla y se asume.

Es una flor que se riega a diario para que pueda florecer todos los días. Es una flor que se debe cuidar con tenacidad y delicadeza porque en el momento menos pensado se puede marchitar.

Esperar en medio de la tormenta te ayuda a mejorar tu vida, tus relaciones personales y lo más importante, te da paz interior.

La paciencia es saber esperar con buena actitud en cualquier circunstancia. No se trata de aguantar alguna adversidad sin hacer ni decir nada. Al contrario, la persona que espera en medio de las dificultades, no está en silencio por miedo, sino por sabiduría.

Esperar no es una actitud pasiva porque pone a prueba nuestro carácter y personalidad. Acciona muchos de nuestros recursos emocionales.

Implica mantener la calma y la serenidad durante situaciones de adversidad, que pueden sacar de sus cabales a cualquiera. Baja la intensidad de la impulsividad y ayuda a responder más que a reaccionar.

Esperar te lleva a dar una respuesta con sabiduría. La persona que espera, se da su tiempo para reflexionar, analizar, evaluar y pensar bien qué hacer, qué responder o cómo actuar.

Practicar la paciencia da paz interior y un equilibrio suficiente para poder enfrentar el ímpetu y sustituirlo por un tiempo pausado de análisis.

Esa paz interior solo se consigue en silencio, con una mente comprensiva, empática, reflexiva y paciente. Una mente, que pueda permanecer tranquila pese a lo que ocurra afuera, pese al caos del alrededor. Sin distraerse en cosas innecesarias y manteniéndose al margen de cualquier situación negativa.

Esperar nos hace ser asertivos, es decir, llegado el momento, nos da el poder expresar lo que realmente queríamos expresar, hacer lo que queríamos hacer y pensar lo que deseábamos pensar. Esto nos ayuda a crear distancias donde debía haberla y crear cercanía donde era necesaria.

La paciencia o la espera es algo que se construye, se trabaja, se aprende y se desarrolla día a día. Creer en la paciencia es indispensable para poder cultivarla. Todo lo que te haga sentir bien, es lo que debes hacer. Si para ti funciona y te ayuda a estar en paz, ese es el camino.

Para desarrollar la paciencia primero hay que renunciar a reaccionar de forma inmediata. Es mejor responder después de una pausa, el tiempo que sea necesario. Esto nos da el poder marcar la diferencia entre reaccionar de manera errónea o mantener una postura y comportamiento inteligente.

Segundo hay que aprender a respirar profundo para ganar calma y tranquilidad. Respirar ayuda mucho porque te hace sentir que eres el dueño de ti mismo y lo que realices será exclusivamente tu responsabilidad, lo que ocurra dependerá de la forma cómo actúas. Además, respirar en medio de la turbulencia te ayuda a tener tranquilidad y a poder controlar tus emociones.

Tercero suma la esperanza a la paciencia: esperar con esperanza. No existe mejor fórmula que esa para poder esperar, porque guía totalmente tus pasos, los sostiene, fortalece y los encamina hasta llegar al final.

También es clave cuando somos capaces de comprender las circunstancias de las situaciones, eso nos lleva a cultivar la paciencia, a saber esperar. Cuando entendemos el porqué de las cosas, para qué y, sobre todo cuando en vez de renegar y caer en la constante queja de preguntarnos por qué a mí, vemos las dificultades como un aprendizaje.

Aunque pensemos que era incensaría cierta experiencia o pasar por algo que no era nuestra responsabilidad ni culpa, siempre lo que pasa es lo mejor, sobre todo si al pasar la oscuridad, vez la luz y todo se hace más claro. De hecho, con el tiempo comienzas a entender todo.

En algún momento viví ese silencio, no lo pensé ni lo decidí, simplemente llegó, sólo lo sentí y me dejé llevar. Tomó mi mano, se quedó conmigo, me acompañó por un largo tiempo. No escuchaba ni veía lo que sucedía a mi alrededor, solo mantenía mi enfoque hacia el frente. No lo niego, las palabras no me salían, no me nacía decir nada, solo quería salir corriendo y no detenerme. Llegué a pensar que era soledad o depresión, pero no, era el silencio que me arropó en medio de mi sed de justicia.

Hoy puedo decir que estoy agradecida de ese silencio que llegó sin anunciarse, sin pedir permiso, que me visitó en un difícil momento y me abrió sus brazos, me cobijó, me consoló, me dio esperanza, me enseñó y me hizo más fuerte.

Con esto, quiero decirte a ti que lees estas líneas, que no tengas miedo, que cuando la verdad está de tu lado, no te dejes derribar, no te niegues a permanecer en silencio, porque ese mismo silencio, que hoy ya no está conmigo, me ayudó a crecer, a ser más fuerte, a ser mejor persona que ayer y sobre todo, me acompañó a esperar con esperanza, y dio sus frutos: hoy es una hermosa flor.

Dedicado a todas aquellas personas que creen en mí. ¡Gracias!

Escrito por Aylen Bucobo / En todas las Redes Sociales @aylenbucobo

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