Los defensores de Trump y los que no tenemos simpatía por él (por múltiples razones) le agradecemos haber tomado la decisión de extraer a Nicolás Mduro y Sra. del poder en Venezuela. Pero los primeros, extienden el agradecimiento en asumir el horizonte temporal trumpiano: la estabilización, la recuperación y finalmente la transición. Una temporalidad abierta en la que cabe cualquier alternativa, incluso que la transición termine en un escenario transformista, lo que tantas veces se cita como cambio gatopardiano: “si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie” que es la aspiración del Rodrigato.
Las fases impuestas por Trump y Rubio y la designación de Delcy Rodríguez y su hermano como los jefes del proceso posterior a Maduro es lo que, al final del día, puede hacer insustancial la salida de la pareja Maduro-Flores del poder.
En varias notas he señalado la importancia del tiempo en la estructuración del orden (N. Lechner, Ángel Flisfish, tienen excelentes ensayos de esta relación). En el caso de la situación venezolana, una y otra vez, los defensores de Trump piensan, apoyando la temporalidad trumpiana, que solo hay un tiempo, un tiempo único, ese que mide el reloj, “el tiempo objetivo que permite clasificar los acontecimientos” que, como una variable externa, se ha impuesto como una camisa de fuerza que violenta la Constitución, ignorando el tiempo previsto en ella para legislar los casos de “falta absoluta” que debe ser suplida por un nuevo proceso electoral.
Pero se equivocan, tanto Trump como sus asesores y, por supuesto, también los venezolanos que secundan los imprecisos y gaseosos plazos que se han impuestos, pues, no hay un tiempo único. Todo lo contrario, hay diferentes temporalidades, porque el tiempo tiene una dimensión subjetiva que valora de manera diferente lo que es urgente, lo que es lento o lo que es mediano plazo. Y los venezolanos lo que tienen hoy es urgencia por recuperar la democracia y , esta urgencia, contradice los plazos que la “temporalidad trumpiana” ha impuesto y de esa contradicción nace la incertidumbre que hoy agobia al pueblo venezolano, por lo que ya he dicho en notas anteriores: la distancia que existe entre lo planificado, lo ejecutado y sus resultados está llena de indeterminaciones que la acción de los actores produce.
Las movilizaciones de trabajadores, jubilados y pensionados de todos los sectores por demandas reivindicativas y salariales, de los estudiantes que enfrenta la mayor crisis del sector educativo en toda la historia del país y de madres, hermanas, esposas de presos políticos revelan que la sociedad venezolana ha empezado a recuperar su libertad y superar los miedos que lo han mantenido inmovilizado políticamente.
Durante todo el tiempo que ha transcurrido desde el 3 de enero no hemos escuchado de la boca de Trump otra cosa que no sean comentarios elogiosos y amorosos hacia Delcy Rodríguez y de su labor como jefa del interinato, todo ello mezclado con comentarios que expresan su carácter solipsista y narcisista diciendo que él es el presidente de Venezuela y que su popularidad es tan grande en el país que de lanzar su candidatura a la presidencia las ganarías.
Independientemente de los objetivos de tales comentarios parece observarse que el trumpismo tiene más conexiones con el iliberalismo chavista que con las demandas de democracia que hoy tienen los venezolanos. Y esto parece ser así, y se explica, porque lo que caracteriza hoy a Trump y a su gobierno es su deriva iliberal: un gobierno que llegó al poder por las elecciones, pero una vez en él ha desconocido la separación de poderes, los derechos civiles, y concentra el poder en su persona para eludir o ignorar los límites constitucionales de su poder. Todos estos rasgos han sido los mismos que han caracterizado al chavismo gobernante desde los lejanos días de Chavez hasta el día de hoy.
Perfectamente Trump y Delcy, Delcy y Trump pudieran perfectamente cantar a dúo el bolero ranchero: “Te pareces tanto a mí”.
El apoyo de Trump al Delcinato ha consagrado el tipo de Estado, la forma de Estado y el régimen, que había instaurado el autoritarismo madurista que podríamos caracterizar como un “capitalismo a la rusa” ( en el caso de Maduro, el calco era total: Capitalismo Cleptocrático Ruso que constituyó una nueva élite económica mediante la captura del Estado que le permitió una acumulación de capital por los métodos bastardos de la apropiación (robo) de recursos y bienes públicos) en el caso del Delcinato o Rodrigato, como quieran llamarles, hay una supuesta vigilancia sobre la gestión del interinato por parte de la administración Trump para evitar la apropiación por parte de la elite que ha sido impuesta de los recursos ( bueno, eso es lo que suponemos). En tanto que en su forma (concepción estatista del modelo que se implementa) y el régimen político ( en la que no se observa ningún atisbo de democracia, sino la consolidación de un régimen autoritario) es la continuación del modelo de Maduro, pero sin Maduro.
Y de verdad, es innegable, aparte, del discurso que sostiene las tres fases que habla de la inevitabilidad de una transición democrática (aunque nada se dice para cuándo) es que el “capitalismo oligárquico trumpiano” (Jonh gray) tiene más afinidad con el modelo que instala el Delcinato que con el proyecto de capitalismo liberal y democrático que presenta María Corina Machado.
Pero con todo, la salida de crisis general de sociedad que vive el país está en manos de los venezolanos y su organización en un amplio movimiento para la recuperación de la democracia y la libertad. No me quiero imaginar lo terrible que será la vida para los venezolanos, si permitimos que la dictadura, esta vez de los hermanos Rodríguez, se entronice en el poder.
Sábado; 25/04/2026
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