Opinión

Opinión Por Rodrigo Cabezas: La nación venezolana que hará historia

Cambiar de hemiciclo no detendrá la mengua

Cuando despunta la tercera década del siglo XXI Venezuela continúa sumergida en su más prolongada, profunda e inhumana crisis general de su estructura económica y de su sistema de convivencia democrática.  El país vive un drama humano que ha socavado los derechos más elementales de la vida en dignidad: el acceso a la alimentación, la salud, la educación, el salario, servicios básicos y los derechos humanos.

1. El agotamiento del proceso de acumulación y crecimiento rentístico, no por distribución de los ingresos,  sino por interrupción de los circuitos económicos relativos a la inversión y el consumo, no fue atendido por el liderazgo político que gobernó en la década de los ochenta y noventa del siglo pasado, tampoco por lo que se denominó revolución bolivariana en el siglo XXI.  La economía venezolana ya no era capaz de generar suficientes excedentes que sustentaran la acumulación de capital, el acceso a la innovación tecnológica y la construcción de hegemonías políticas desde amplios consensos sociales.  Las alertas desde la ciencia económica, en particular del Dr. Asdrúbal Baptista, fueron totalmente desestimadas, ignoradas y en algunos casos irrespetadas. La creación de riqueza desde el trabajo productivo y la industrialización exportadora siguen siendo el desafío venezolano no abordado con rigor histórico.

Al término del siglo XX y, en el presente, este colapso de la estructura económica venezolana derivó consecuencialmente en crecimiento cíclico de la economía, inflación creciente y extensión de la pobreza en la población. El cambio político originado con la elección del Presidente Hugo Chávez en 1998, respondía a aquel desarreglo económico-social. De cierto, durante su gobierno se adelantó una política de inclusión social de acceso a derechos básicos en la salud y la educación (misiones) aprovechando el crecimiento de los precios del petróleo entre 2004 y 2012, con lo cual se logró reducir el indicador de pobreza transitoriamente, pero la tarea estructural del cambio de una economía rentística a la productiva industrial no fue posible; en la mengua rentística la lucha soterrada por capturarla, legal o corruptamente y una visión distributivista- clientelar, lo impidieron.

2. En el año 2014 una significativa caída de los precios del petróleo impacta los ingresos de los países que lo producen y exportan. La estrategia de seguridad energética de los norteamericanos, advertida oficialmente en 2011 por la Agencia Internacional de Energía AIE, alimentaba la estadística de una reducción drástica de las importaciones de crudo por parte de EEUU y un crecimiento acelerado de su producción interna en razón de nuevas tecnologías que les permitieron explotar los yacimientos de esquistos.  Todos los países petroleros del mundo tomaron debida nota de planificación estratégica e incrementaron su actividad extractiva para no perder mercados. Venezuela fue, lamentablemente, la excepción.  

Lo peor estaba por llegar. El gobierno de Nicolás Maduro en una clara postura de desprecio por la ciencia económica y la ausencia de equipos profesionales en el área, desestimó las únicas opciones que tenían para que aquel impacto en el sector externo no fuera una recesión profunda en 2014 y 2015. Los programa de estabilización macroeconómica y social fueron satanizados como “neoliberalismo”, la urgencia de reestructurar y renegociar la deuda externa de la República nunca la comprendieron como parte del manejo fiscal responsable, y la revisión de lo que pasaba en PDVSA, que comenzaba a producir menos petróleo sorprendentemente (2014-2015), lo impedía su conversión en “caja chica” de uno de los sectores de poder.

El país comenzó a escuchar y ver a charlatanes de la economía que despojados de cualquier vergüenza publica avalaron y hasta aplaudieron el más grave error del gobierno al proceder a monetizar el déficit fiscal con “dinero de la nada” (L.V. Mises)  desde una computadora del Banco Central de Venezuela BCV. Aquel tsunami en los agregados monetarios nos condujo, a finales de 2017, a la hiperinflación con su efecto demoledor sobre el salario real, la inversión y el gasto público. Las autoridades monetarias mantuvieron un tipo de cambio súper sobrevaluado de 10 bolívares por un dólar, cuya explicación no es solo la impericia profesional, también lo es la captura de la renta en mengua por parte de corruptos de la burocracia gubernamental; cerca de 20 mil millones de dólares asignados por el estado muestra el rostro de lo antinacional.

Complejos tiempos que le toca vivir al país en el presente por tan mal manejo de las políticas públicas cuyo balance es siete años de recesión continua (2014-2020), una hiperinflación agobiante por destructora de todos los flujos monetarios, un aislamiento del sistema financiero mundial por impago de deuda (2017) y sanciones económicas (2018), el increíble deterioro operacional-financiero de la industria petrolera, la migración forzosa de más de 5 millones de compatriotas, el hambre y la desnutrición en niños y ancianos, y la corrupción convertida en cotidianamente sistémica.

El drama humanitario y económico desencadenado presagiaba un cambio político democrático de la elite gobernante venezolana dado que habían perdido la mayoría popular lograda con Hugo Chávez. No fue así. La democracia entró en su más larga oscuridad.

3. El gobierno enfrentó el colapso de la economía y la pérdida del apoyo de la población, de una parte, corporativizando el poder del estado, distribución o repartición de cuotas que produjo un hecho inédito al permitir que la elite militar participará como actor principal en la captura de la renta precaria junto a los dos otros grupos civiles, y en PDVSA y en la distribución de alimentos pusieron inicialmente su impronta; de la otra, tomaron la decisión de permanecer en el poder a costa de lo que fuera y como fuera, lo sustentaron en la idea fútil de haber alcanzado “el punto de no retorno”. 

Se desconoció e irrespeto la voluntad popular expresada en las elecciones parlamentarias de 2015, mediante procedimientos propios de una autocracia  que vulneraron el correcto proceder de los órganos del estado  con respecto a las normas y principios establecidos en la Constitución de la República.  La ilegitimidad del poder se hizo presente. El poder judicial que tiene la responsabilidad en democracia de ser la institución para la resolución de conflictos y el arbitraje en el estado de derecho, perdió su imparcialidad, probidad e idoneidad. El Tribunal Supremo de Justicia, TSJ de mi país es simple sucursal del Poder Ejecutivo. Una de las fuentes principales del gobierno legítimo, la confianza en la legalidad, es inexistente en Venezuela (M. Weber). No hay estado de derecho alguno, solo “la instrucción de Miraflores” esperan y acatan los jueces y magistrados.

El gobierno de Venezuela ejerce un poder ilegitimo y sólo lo ha podido imponer a la sociedad en un contexto deliberado de miedo, terror, coacción, persecución, secuestros extrajudiciales, tortura, tratos crueles con sus oponentes o adversarios. En democracia la legitimidad no es conferida por la fuerza militar cuando es opresiva, negadora de libertades y sostén de la autocracia. La llamada alianza cívico-militar-policial que invoca Nicolás Maduro se convirtió en una fuerza no legal, es la ruptura de la Carta magna, es dominación de una elite autocrática opresiva sobre las grandes mayorías, es el ejercicio arbitrario del poder político. Es violación de derechos humanos a niveles de lesa humanidad.

De espaldas a la mayoría de la población, se adelantó una estrategia antidemocrática que les permitió instalar en 2017 una inconstitucional Asamblea Constituyente, que usurpó las funciones de la legitima AN en clara complicidad con el TSJ, en 2018 realizar elecciones presidenciales anticipadas fraudulentas en 2018 y, en 2020  perpetrar un nuevo y más descarado fraude (6D) para instalar un cuerpo legislativo con 92% “diputados” militantes del partido de gobierno.            

Este último episodio tiene especial relevancia histórica por dos razones; la primera es que el intento de lograr una legitimidad de intercambio sustentado en los beneficios clientelares y el sistema de control social totalitario, bolsas de alimento, entrega de perniles, bonos por carnet de la patria, amenazas de la burocracia con despido a empleados públicos, no funcionó, se quebró el 6 de diciembre de 2020.  El 82% de los venezolanos no fuimos a convalidar el fraude. Adviértase acá una clara conciencia del alma nacional con relación a los gobernantes.

La segunda razón se refiere a la profundización de la ilegitimidad de los actos de la elite gobernante y el desconocimiento del fraude parlamentario por la comunidad internacional, esto es, las principales democracias occidentales. En definitiva, la ANC que funcionaba en el hemiciclo de la vieja Cámara de Senadores se mudará al hemiciclo donde siempre ha funcionado la Cámara de Diputados. Nada cambiará para resolver la crisis política y económica con este intercambio de hemiciclos.

4. En este trágico presente muere el futuro prometido por la revolución. La democracia protagónica y participativa del socialismo del siglo XXI es una entelequia porque ésta debería descansar en la voluntad general del pueblo y no sobre las armas y el poder de fuego de la república.

 El recto proceder en el manejo de los dineros públicos esta ensombrecido por cientos de ladrones de cuello blanco que amparados en la impunidad son nuevos multimillonarios que ofenden al 80% que medio sobrevive en la pobreza. La ética y la moral revolucionaria ofrecida se convirtieron en un fraude histórico.

El socialismo humanista pregonado se impregnó de una ideología política totalitaria según la cual quien piensa distinto es enemigo  y está justificado perseguirle, encarcelarle, torturarle, utilizando toda la fuerza represiva y de terror del estado.

La autocracia gobernante intenta fallidamente imponer una narrativa que pretende justificar su no responsabilidad en la tragedia venezolana. Una idea-consigna de la izquierda mundial para explicar la expansión del capitalismo industrial-financiero con pérdida de soberanía de los países se convirtió en la agónica y única excusa de su inmensa piratería y anti ética gobernante. El antiimperialismo es recurrentemente el subterfugio utilizado, es la coartada que el pueblo en mayoría no le da crédito. Los responsables de la crisis están históricamente identificados.

Desde la constatación personal de estas derivas de la revolución bolivariana me era imposible como militante del socialismo democrático seguir de ese lado y mucho menos cuando se mancillaba la dignidad humana con la mentira, el hambre y la violación de los derechos humanos. Lo hice desde hace cinco años pero me hago la autocrítica de no haber procedido mucho antes.

5. La libertad y la democracia en Venezuela se restablecerán. El cambio y el progreso es una constante de la historia humana. Todo cambia, así sea en la quietud de la tiranía, nada es inmutable.  Es la certeza del filósofo polaco K. Pomian: “…sin cambio, no hay tiempo”.

El agotamiento irreversible del modelo económico rentístico-petrolero nos reta como sociedad para garantizar nuevos arreglos y equilibrios económicos-sociales-científicos-técnicos que nos permitan, desde la base material, el provento para la vida digna y sin temor a ella de las generaciones de niños y jóvenes del presente.

La herencia de libertad de la generación de Carabobo del siglo XIX, la experiencia vivida en democracia, el ejemplo de nuestra juventud rebelde en los años recientes, la generación estudiantil 2007 que asume la vanguardia, una clase media y profesional educada y abierta a los cambios tectónicos de la globalización y millones de los nuestros, familiares e hijos, que sueñan con regresar a su patria, están creando el tiempo por venir venezolano. Es la cosmovisión de la libertad a la que no renuncia este bravío pueblo. Es el motor de su resistencia, lucha y esperanza. Cualquier estrategia de superación del presente sufrido es creer siempre en el pueblo venezolano y su ansia de libertad.

Con sentido de la dimensión histórica podemos afirmar que en esta hora del amanecer de 2021, el pueblo venezolano se expresa como nación frente a la autocracia, no es una simple encrucijada, no se trata de un problema menor entre el gobierno de Maduro y la oposición de la legitima Asamblea Nacional. Es este un elemento distintivo de singular carácter y de significativa consecuencia histórica: Es una nación la que está en pie de lucha.

El final de una época histórica de la Venezuela rentista y autocrática es inevitable. La pobreza que condena a la miseria y la dominación indignante será superada por ser el anhelo de un pueblo más allá de líderes y partidos y de sus visiones cortoplacistas o interesadas.

Es un tiempo de mengua de lo viejo y el anuncio de otro amanecer. De cierto, al prefigurar la realidad desde la idea debemos admitir que esta tiene su propio tiempo, la determina la conciencia venezolana, la determinación de ser libres y la convicción histórica de que acordada, negociada, civilizada, pacífica y democráticamente, la libertad y la convivencia democrática se impondrá. Es la nación Venezolana que hará historia.

Suscribámoslo para siempre con el mismo ímpetu esperanzador y combativo del joven de 25 años que fue leal a su sueño libertario de tener patria: “El sol no contemplará el curso de su actual periodo sin ver en todo vuestro territorio altares a la libertad”. Simón Bolívar (Proclama a los Granadinos, 22-8-1.818).

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