Las antiguas instalaciones de almacenamiento portuario en La Guaira fueron reconvertidas en un centro forense de emergencia. Cientos de cuerpos yacen en hileras cubiertos con bolsas plásticas, expuestos al sol y en acelerado estado de descomposición. Debido a las deformaciones físicas, la mayoría de los familiares debe identificar a las víctimas mediante secuencias fotográficas en iPad
Las imponentes estructuras de concreto de Los Silos, una antigua instalación portuaria de almacenamiento en el litoral central de Venezuela, se han transformado en el epicentro del dolor y del colapso sanitario tras el doble terremoto del pasado 24 de junio.
Bajo un intenso sol tropical y custodiado por efectivos armados de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana, el recinto opera actualmente como una morgue improvisada de dimensiones críticas, donde cientos de familias acuden diariamente a intentar identificar los restos de sus seres queridos.
De acuerdo con un reporte especial de la cadena internacional BBC Mundo, el escenario en el interior del complejo portuario es devastador. El avanzado estado de descomposición de los cuerpos, acelerado por las altas temperaturas de la costa, ha obligado al personal del Servicio Nacional de Medicina y Ciencias Forenses (Senamecf) a colocar los cadáveres en hileras sobre el suelo, envueltos en bolsas plásticas de color negro.
El olor a putrefacción domina el ambiente, forzando tanto a los trabajadores sanitarios, vestidos con batas quirúrgicas azules y blancas, como a los civiles a utilizar mascarillas de tela que resultan insuficientes para contener el impacto biológico.
Debido a los traumatismos severos provocados por los aplastamientos y el paso de los días, la gran mayoría de las víctimas ya no cuenta con rasgos faciales reconocibles. Ante esta limitación, las autoridades dispusieron una metodología de descarte visual: los familiares son sentados frente a monitores de televisión donde funcionarias policiales deslizan secuencias de más de 1.000 fotografías digitalizadas desde iPads.
Los ciudadanos deben buscar de forma minuciosa marcas particulares, cicatrices, dentaduras, prendas de vestir polvorientas o tatuajes específicos para confirmar el deceso de sus parientes desaparecidos.
Los testimonios recogidos en el terreno reflejan la crudeza de los procedimientos post-desastre. Ciudadanas como Liliana González, habitante de Catia La Mar, manifestaron que el proceso de reconocimiento visual «parece una película de terror» debido a la inflamación y desfiguración de los rostros, incluyendo cadáveres de menores de edad.
Asimismo, persisten las denuncias por la lentitud burocrática en la entrega de las actas de defunción necesarias para que las empresas funerarias puedan retirar los ataúdes, lo que genera que los cofres permanezcan durante jornadas enteras a la intemperie en los patios adyacentes a la torre portuaria, mientras el balance oficial de fallecidos en el país roza las 2.600 víctimas y amenaza con seguir incrementándose.
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