#NoticiaOpinión

Pongamos que hablo de la felicidad. Por Soc. Ender Arenas Barrios.

La felicidad jajaja

Me la dio tu amor ohohoh

Hoy vuelvo a cantar ahahaha

Ñoñería cantada por Palito Ortega

(y los venezolanos, dixit Trump).

Antes, pero hace mucho, solo para poner una fecha, diré que pudiera ser en la década de los 70´, cuando una guerra (como siempre y, quien más, sino la guerra, han habido tantas, “en los últimos 5500 años se han producido 14513 guerras con 1240 millones de muertos y no han dejado sino 292 años de paz”, ahora mismo hay 60 conflictos armados en el mundo) hizo su aparición, en una región donde su presencia nunca ha producido sorpresa, pues allí han hecho la guerra por más de 3 mil años árabes e israelíes y la hacen hoy y, con seguridad, la seguirán haciendo en nombre de Dios.

Fue así, que una vez más, en el Medio Oriente, una nueva guerra Araba-israelí colocó nuestro petróleo en 14 dólares, Fue un brote brutal de excedentes y riquezas jamás producido con el sudor de nuestra frente. En ese entonces, y como no serlo, un hecho que produjo muertes en el otro extremo del mundo nos produjo alegría y felicidad y alimentó la expectativa de que abandonaríamos el “tercer mundo” para aterrizar en el primero. Y sí, en ese momento bailábamos en las calles del país y, también, en los grandes malls de Miami.

Sin dudas, creo, que entonces fuimos felices y esa felicidad nos convirtió a todos, especialmente a la clase política que nos gobernaba, a la élite económica y, también, no nos hagamos los inocentes, a los sectores medios, en una raza de seres botarates, derrochadores y por supuesto irresponsables, como si ese recurso que nos hacía ricos, millonarios, no tuviera techo, como si las guerras no terminaran nunca y como si el mundo se detuviera a ver a los venezolanos por todo el mundo regalando lo que no producíamos.

¡Ja, que años, que alegría y que felicidad! Después vino el derrumbe, Seguíamos siendo alegres, porque eso está en nuestro ADN, pero ya no éramos felices. Sin embargo, había algo que debo resaltar: en ese entonces, a pesar de que la crisis se instaló definitivamente entre nosotros, “Todos” éramos “Nosotros”. Claro, había unos “Ellos” (las elites económicas, militares, las partidarias), que se alejaron y perdieron contacto con las mayorías, con la gente, pero mantuvieron las formas y racionalidad de gobierno a pesar de todo (hiperburocratización, corrupción, erradas políticas públicas, endeudamiento e inflación, etc.), se consolidó una trama institucional, compleja y, junto a esa arquitectura institucional, cierta cultura política caracterizada por “creencias, expectativas, discursos, ceremonias, rituales, simbologías, gestos, memorias y olvidos” que establecieron una relación de sentido con el orden establecido.

Pero entonces, “el a pesar de todo” del párrafo anterior se hizo cáncer, la democracia perdió su calidad inicial y, para hacer el cuento corto, aparecieron “Ellos”, igual que el “Ellos” anterior, estos también eran minoría, aparentemente marginal, pero pronto demostraron ser una minoría sustancial, cuando fueron capaces de convertir sus normas minoritarias en normas asumidas por todos como si fueran normas que las mayorías se habían dado.

Con el tiempo, la alegría que todavía nos caracterizaba fue languideciendo y de aquella raza de botarates, derrochadores e irresponsables nos convertimos en una diáspora esparcida por el mundo en cuyas maletas solo llevábamos miseria y la tristeza de abandonar la tierra donde habíamos nacido.

A qué viene a cuento esta corta e incompleta inquisición de nuestro carácter nacional. Bueno, aludo a la repetida afirmación de Trump de que somos un país de gente que esta borracha de felicidad y, en ese estado, bailamos en sus calles como si desde el 3 de enero el país viviera en un carnaval eterno.

Trump sabe que eso no es cierto, también lo sabe Marco Rubio, los tutores de esto que ellos quieren convertir en una cabeza de playa en el caribe y en Sudamérica. Lo saben más que nadie los hermanos Rodríguez, quienes desde los primeros días de la “revolución bolivariana” compartieron con Chávez y luego con Maduro, la destrucción del país y hoy se han encumbrado en ser actores secundarios, pero importantes, en la administración y conserjería de un país que lucha por seguir siéndolo.

¿Son (somos) felices los venezolanos hoy? La respuesta clara es NO. Y como puede ser feliz una gente, cuyo sueldo mínimo es de algunos céntimos de dólar que no le alcanza para comer, a la que no le llega diariamente el agua potable. Según la encuesta Encovi 2025, esta solo llega diariamente al 29 % de los hogares, el servicio eléctrico solo en el 10% no sufre interrupciones y los apagones se prolongan por cuatro, cinco y hasta diez horas diarias. Los venezolanos están ahogándose en la basura pues solo se le recoge diariamente al 13% de los hogares y al final de la revolución, de 27 largos años, somos cada vez más pobres, para el 2025 la llamada pobreza multidimensional alcanzaba el 55 % de la población.

Todo ello ocurre en un país que se ya era moderno a mediado de los 70 y que ha retrocedido a etapas premodernas. En general, el estado del país en todos los órdenes es de un generalizado estropicio y destrucción como nunca se había visto en América Latina, incluyendo a Haití.

No sé si Marco Rubio le lee encuestas a Trump, pero si se las leyera, Meganalisis le ofrece un dato que es un primor, solo el 2.4 % dice estar complacido con el apoyo que él le ha dado a Delcy Rodiriguez y al chavismo en este proceso que de transición se convirtió en el interinato de los mismos de ayer y, solo un 1.3% dice estar feliz con dicho apoyo, aunque, no se le ve bailando en las calles.  No, no somos felices.

Trump lo sigue diciendo y lo seguirá diciendo, la “guerra de los 48 minutos” es el único éxito exhibible de su traumática presidencia. Lo de la mentira de la felicidad plena de los venezolanos ya lo sabemos todos: él es el maestro de las “verdades alternativas”.

Creo que Trump, que es un hábil comunicador, hasta el punto de que nos hace pensar y hablar a diario de los disparates que suele decir en su confrontación con la prensa (cuanta tinta ha corrió y que cantidad de comentarios se hicieron por semanas cuando dijo: “I love inflation” es decir, “Yo amo la inflación), cada vez que se refiere a la felicidad de los venezolanos, sabe que no lo somos. Lo hace a propósito, porque si algo demanda los venezolanos es, no digo que mucha, solo un poquito, de felicidad en su sufrida vida diaria, como, por ejemplo, tener solo un día completo de electricidad, por decir algo.

 Esa especie de mantra en su discurso persigue cancelar “la demanda de felicidad”, a la que los venezolanos, aspiran pues como dice Savater en “El contenido de la felicidad”, ella es la más vasta de las demandas y una de las más subversiva, ella es el mayor proyecto de inconformismo hoy. Y Trump, está consciente de ello, por eso “tal como Jehová a Moises” (Savater) solo les ha enseñado a los venezolanos el trasero de ella (de la felicidad): La extracción de Maduro y les ha velado su rostro, dejando en el poder a los hermanos Rodríguez.

Merecemos algo mejor, mucho mejor, que este interinato y esta tutela que solo piensa y reclama negocios, petróleo y oro, como dice el refrán: “el que tiene hambre, piensa en el pan” y Trump tiene hambre de Venezuela y los chavistas devenidos en lacayos del imperio le tienen la mesa servida. “Queremos una vida para vivirla planamente. Todos merecemos una vida amble. Es que acaso es mucho pedir”. Lo dice Valentina Quintero y lo suscribo.

Recuerda seguirnos en nuestra CUENTA DE INSTAGRAM Y LA CUENTA  DE  WHATSAPP

Comment here