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«Prefacio»: Por: Dr George Fereira

La estrategia de ganar tiempo de la estructura criminal que aún se aferra al poder en Venezuela: ¿una guerra de desgaste contra Estados Unidos o una condena prolongada para el pueblo venezolano?

GANANDO TIEMPO: EL PLAN PERFECTO DE LA CÚPULA MILITAR CHAVISTA

El reloj sigue corriendo. Y, en Venezuela, cada minuto parece tener dueño..Mientras el país espera un desenlace, la estructura criminal que todavía conserva cuotas de poder hace lo que mejor ha aprendido durante años: aplazar, simular, negociar, prometer y ceder únicamente lo indispensable para no entregar lo verdaderamente importante. No necesita ganar la batalla hoy; le basta con impedir que termine. Mañana volverá a comenzar la misma maniobra.
Esa es la esencia de toda guerra de desgaste: cuando no puedes derrotar a tu adversario, intentas cansarlo; cuando no puedes convencerlo, lo distraes; y cuando ya no puedes sostenerte por la fuerza, conviertes el tiempo en tu última trinchera.

En la antigua Roma, Quinto Fabio Máximo evitó durante meses el enfrentamiento decisivo contra Aníbal. Su estrategia consistía en hostigarlo,
desgastarlo y esperar. De allí nació la llamada estrategia fabiana: sobrevivir hoy para obligar al enemigo a combatir mañana en condiciones distintas.

La cúpula militar chavista parece haber comprendido esa vieja lección de la historia: si no puede vencer a Estados Unidos, puede intentar sobrevivir a su calendario político.

Washington cuenta períodos presidenciales, elecciones, mayorías legislativas y cambios en la opinión pública. La estructura chavista cuenta los días que faltan para que cambien las prioridades de Washington. Para unos, el tiempo es institucional; para otros, es una oportunidad de salvación.

Entonces aparece la excusa de siempre:
«Sí, pero el sistema electoral está amañado».
El sistema electoral no está amañado de fábrica; está amañado por las personas que permanecen detrás de las máquinas, presionando los botones, manipulando los procesos y decidiendo de antemano cuáles resultados pueden aceptarse y cuáles deben desaparecer.
Hoy se encuentra en Venezuela la superpotencia número uno del mundo.

Bastaría con establecer una observación internacional verdaderamente independiente y con capacidad real para impedir la manipulación de los resultados. Con vigilancia efectiva, auditorías transparentes y garantías verificables, celebrar elecciones no debería convertirse en una misión imposible.

No se trata de hacer magia. Se trata de algo elemental que Venezuela está perfectamente capacitada para realizar con la presencia y el respaldo de Estados Unidos.

¿Qué significan, entonces, esas excusas balurdas según las cuales los venezolanos necesitamos aprender a celebrar elecciones o que aún el país no está preparado para hacer elecciones Presidenciales? ¿En qué momento regresamos a las cavernas? ¿Cuándo aceptamos que se nos tratara como una sociedad de absolutos incompetentes, incapaz de elegir, contar votos y gobernarse a sí misma?

Hasta cierto punto, Marco Rubio se ganó el derecho político a mirarnos de esa manera porque, en efecto, nosotros no pudimos sacar a Maduro. Tuvieron que hacerlo ellos. Pero esa dolorosa realidad no significa que debamos aceptar eternamente el papel de espectadores dentro de nuestro propio país. Si algo debimos aprender durante la era chavista es que la permisividad crea caos, alimenta la destrucción y termina arrebatándole a una nación el control de su destino. Venezuela perdió el control frente al chavismo y no pudo recuperarlo por sus propios medios. Esa verdad quedará como una mancha indeleble en la historia nacional.

Hubo, ciertamente, un pequeño grupo de venezolanos dispuesto a arriesgarlo todo, hasta las últimas consecuencias, para intentar desalojar al régimen chavista. Pero todos los demás —y yo me coloco a la cabeza de esa lista— no hicimos nada suficiente para impedir la tragedia. Algún día tendremos que rendir cuentas ante los anales de la historia. Tendremos que explicar por qué perdimos el control del país, por qué no pudimos recuperarlo y por qué fue necesario que Estados Unidos viniera a realizar el trabajo que nosotros no fuimos capaces de completar.

Y lo más humillante será admitir que Estados Unidos lo hizo en apenas catorce minutos «Catorce minutos» Ese será el número que perseguirá a más de una generación. Años de discursos, marchas, negociaciones, promesas, elecciones desconocidas, traiciones y esperanzas sepultadas frente a una operación que duró menos que un capítulo de televisión.

¿Cómo explicaremos eso a nuestros hijos y nietos? ¿Les diremos que esperamos
demasiado? ¿Que confiamos demasiado? ¿Que, mientras la estructura criminal ganaba tiempo, nosotros lo perdíamos?

Y aquí surge la pregunta que nadie parece querer responder:

¿volveremos a repetir el ciclo de confiar ciegamente en las buenas intenciones de una clase política?
No importa si hablamos de la clase política venezolana, de la estadounidense o de cualquier otra. Quienes decidan esperar sentados la aparición milagrosa de una clase política absolutamente honesta, fiel a cada promesa y ajena a toda ambición, probablemente permanecerán allí hasta su último aliento.

Las naciones no pueden entregar su destino a las promesas de los políticos. Mucho menos Venezuela, después de todo lo que ha vivido.
Si confiamos nuevamente en promesas —internas o externas—, no solo habremos entregado el país otra vez: también estaremos apostando nuestra libertad al calendario electoral de otra nación.

¿Qué ocurrirá cuando Donald Trump se retire de Venezuela? ¿Qué sucederá si la agenda de Washington cambia drásticamente? ¿Y si la próxima presidencia estadounidense es demócrata y decide revisar, reducir o abandonar la política actual? En ese instante podría comenzar la verdadera pesadilla.

Imaginemos el escenario: Maduro es puesto en libertad. Le conceden un perdón, un indulto o alguna salida negociada. Una nueva administración logra sacarlo de prisión y lo envía de regreso a Venezuela. La estructura que parecía derrotada reaparece, reorganizada, sonriente y dispuesta a decir que nunca perdió, sino que únicamente estaba esperando.
Entonces sería como si nada hubiese cambiado.

La oportunidad abierta el 3 de enero y todo lo que vino después quedarían sepultados bajo nuestra indiferencia, porque nadie estuvo dispuesto a exigir resultados; porque nadie quiso hacer algo distinto de esperar que otros resolvieran nuestros problemas. Estaríamos nuevamente en el mismo escenario de la era chavista: un pueblo mirando hacia afuera, una dirigencia administrando excusas y una estructura criminal utilizando cada negociación como una prórroga.

Yo no sabía que Venezuela era Somalia. No sabía que Venezuela era Haití. Tampoco sabía que carecíamos por completo de instituciones, profesionales, leyes y modelos de gobierno capaces de sostener una transición. Lo que sí sé es que durante años nos convencieron de que no podíamos hacer nada por nosotros mismos. Y lo más peligroso es que muchos terminaron creyéndolo. La cúpula militar chavista conoce esa debilidad. Sabe que la esperanza también se cansa, que la indignación tiene fecha de vencimiento y que la atención internacional siempre termina encontrando otra crisis. Por eso no corre: espera. No avanza: resiste. No ofrece soluciones: concede pausas.

Su plan no necesita ser brillante. Solo necesita que los demás se agoten primero.
Mientras Estados Unidos piensa que controla el proceso, la estructura criminal observa el reloj. Mientras los venezolanos esperan anuncios, resultados y decisiones, la cúpula calcula elecciones estadounidenses, cambios de gobierno y posibles indultos. Cada día sin una transición definitiva es un día que juega a su favor.

Esa es la verdadera guerra. No se libra únicamente con soldados, sanciones o discursos. Se libra con calendarios, silencios, reuniones interminables y promesas cuidadosamente aplazadas. Es una guerra en la que el arma principal no dispara balas: marca segundos. La pregunta, por tanto, ya no es cuánto tiempo necesita Venezuela para liberarse.

La pregunta es cuánto tiempo más estamos dispuestos a regalarles. Porque mientras nosotros esperamos que algo ocurra, ellos continúan ejecutando su plan perfecto: ganar tiempo.

» Y en Venezuela, cada minuto que ellos ganan es otra esperanza que pierde el pueblo, asi como también vidas humanas que quedan en manos de estos criminales.

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