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Una épica desconocida Por el Soc. Ender Arenas Barrios


No hay peor estado y situación personal que estar enfermo. Uno piensa lo peor cuando se asoma el dolor de garganta, dolor en cada uno de los huesos del cuerpo, la tos imparable, el dolor de cabeza que parece que esta estallará en cualquier momento. Uno cierra los ojos, que también duelen, y se dice para sus adentro, sin que nadie lo oiga: me volvió agarrar el covid por sexta vez.


Entonces, uno se hace la prueba y espera quince minutos de una real y profunda incertidumbre. Quince minutos interminables, eternos y se siguen haciendo preguntas en la cabeza y si tengo Covid que voy hacer? Aquí no es como estar en Venezuela donde uno llega a la farmacia y pide Dexametasona, Ibuprofeno, acetaminofén, doxiciclina, Ciprofloxacina y si tenía 80 dólares que quedaron de la última remesa (cuestión casi imposible) me da Remdesivir, por favor.


Aquí no. Hay que llevar récipe y antes de eso la obligada consulta con un médico que dada las circunstancias no hay manera de tal consulta. Al fin llega el resultado y el alivio es un bálsamo que recorre nuestro cuerpo. Sigue todos los síntomas, es verdad, parecidos a los de la pandemia que ha trastocado al mundo, que se ha llevado a l muerte a millones de personas, pero solo es un refrío bravo, pero manejable.


Así que lo que solo tengo es una gripe vulgar y corriente pero dura que me ha impedido hacer las cosas que suelo hacer los jueves, viernes y sábado como es la de escribir esta nota para la página que dirige Dámaso Jiménez, la de Darwin Chávez: Verdades y Rumores y para Caiga quien Caiga de Ángel Monagas.


Entonces, entre fiebre y malestar, leo los comentarios que Nelson Rivera hace de la entrevista que en 1979 le hace Alfredo Peña a Carlos Andrés Pérez, publicado en “El Papel Literario” de este sábado: “CAP interrogado por Alfredo Peña”, los invito a leerla. Pero voy a lo que me lleva a escribir esta nota y es la reseña que se hace del Pérez y su historia de vida. Y nos damos cuenta de la naturaleza de luchador que se enfrenta a dos dictaduras, arriesgando la vida, que es encarcelado, desterrado y exiliado, que mal vive en Colombia, Costa Rica, Cuba, que llega a Venezuela y enfrenta con Betancourt y Leoni los momentos mas peligrosos que vivió la recuperación y consolidación de la democracia en Venezuela, esa que se perdió en el 98 y que su recuperación se ha hecho difícil, fundamentalmente porque este momento ha carecido de los Betancourt, Caldera, Villalba (este en menor medida) y Machado que entendieron que los intereses del país estaba por encima de los mezquinos intereses personales y de egos insuflados.


El caso es que hubo una generación que construyó con su vida su propia épica, no fue discursivamente construida, ni se hizo eco de una narrativa personal de “sacrificio” y “valentía” para legitimarse, se abocaron a construir un país y una nación democrática y de progreso que los “llamado valientes, de moral impoluta, ángeles rebeldes, los pacíficos, pero armados” cuyo mayor esfuerzo ha sido construir narrativa y fantasiosamente una épica que nunca tuvo lugar, pues cuando alevosamente lo intentaron fracasaron estruendosamente. Pues bien, esos tipos destruyeron en menos de 20 años el país, instaurando un modelo cuya principal característica es la de hacer dominante la razón por la cual insurgieron: la corrupción.


Ese 1998 fue el momento en que Venezuela se jodió, la pregunta que se hace Zavalita en “Conversaciones en la Catedral” de Vargas Llosa, para el Perú, y que aquí la repetimos para Venezuela y la respondemos.

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