Hay ideas que, cuando se ignoran, no solo empobrecen el debate: arruinan naciones. La Venezuela contemporánea es un ejemplo dolorosamente claro de ello. Su colapso económico no puede explicarse únicamente por la corrupción, la incompetencia o la dependencia petrolera. En el fondo, lo que se quebró fue algo más profundo: la comprensión misma de cómo funciona el valor en una sociedad.
En 1871, Menger revolucionó la economía con una idea simple pero poderosa: “el valor de los bienes no está determinado por el trabajo que contienen, sino por la importancia que los individuos les atribuyen para satisfacer sus necesidades”.
Esto implicaba una ruptura total con la tradición clásica y marxista. Para Menger, el valor no es objetivo ni inherente a las cosas; es subjetivo, depende de las preferencias, la escasez y el contexto de cada individuo.
Un diamante puede ser inútil en el desierto, mientras que el agua se vuelve invaluable. No hay “valor intrínseco”: hay valoración humana.
Este principio dio origen a la escuela austriaca y sentó las bases del análisis moderno de precios, mercados y asignación de recursos.
Hace más de un siglo, Carl Menger estableció un principio que transformó la teoría económica: el valor no es inherente a los bienes, ni depende del trabajo incorporado en ellos, sino de la importancia que cada individuo les atribuye según sus necesidades. Este descubrimiento “la teoría del valor subjetivo” no fue un detalle académico, sino la base sobre la cual se entiende el funcionamiento de los precios, los mercados y la coordinación social.
El chavismo como toda enfermedad del alma, sin embargo, eligió ignorarlo.
Desde sus inicios bajo Hugo Chávez y su continuación con Nicolás Maduro, el modelo venezolano se construyó sobre una premisa radicalmente distinta: que el Estado puede definir el valor de los bienes y establecer lo que denomina “precios justos”. Bajo esta lógica, los precios dejan de ser señales que emergen de la interacción libre entre individuos y se convierten en instrumentos políticos.
El resultado fue previsible, aunque no por ello menos devastador.
Cuando un gobierno fija el precio de un producto por debajo de lo que los consumidores están dispuestos a pagar y los productores necesitan para sostener su actividad, no crea abundancia: genera escasez. Lo que desaparece de los anaqueles no es el producto en sí, sino el incentivo para producirlo. Así, los controles de precios implementados en Venezuela no protegieron al consumidor; lo condenaron a la escasez, las colas interminables y la humillación cotidiana de no encontrar lo básico.
Menger había explicado por qué esto ocurriría. Los precios no son simples números: son información. Reflejan la escasez relativa de los bienes y las preferencias cambiantes de millones de personas. Alterarlos artificialmente es equivalente a apagar el sistema nervioso de la economía. Sin ese sistema, no hay forma de coordinar decisiones, ni de asignar recursos de manera eficiente.
Pero el error no se detuvo allí.
El chavismo también abrazó la práctica de las expropiaciones, bajo la convicción de que el Estado podía gestionar mejor los medios de producción en nombre del interés colectivo. Sin embargo, al despojar a las empresas de sus propietarios y someterlas a una lógica política en lugar de económica, se rompió el vínculo esencial entre producción y necesidad real. Las fábricas dejaron de responder a la demanda y comenzaron a responder a la burocracia. El resultado fue una caída sostenida de la productividad, acompañada de ineficiencia, corrupción y deterioro institucional.
La tragedia venezolana revela una ilusión persistente en la historia: la creencia de que la economía puede diseñarse desde arriba, como si se tratara de un mecanismo simple y predecible. Pero la lección de Menger es precisamente la contraria. La economía no es un sistema que pueda imponerse; es un orden que emerge de millones de decisiones individuales, cada una basada en valoraciones subjetivas.
Ignorar este hecho no es un error teórico menor. Es una invitación al desastre.
Venezuela no colapsó por falta de recursos naturales. Pocas naciones han contado con una riqueza potencial tan vasta. Colapsó porque sustituyó el lenguaje del mercado por el mandato político, porque despreció las señales de los precios y porque intentó imponer una noción artificial de valor que nunca correspondió con la realidad de las preferencias humanas.
El saldo es conocido: hiperinflación, desabastecimiento, migración masiva y una sociedad fragmentada. Pero más allá de las cifras, queda una advertencia que trasciende fronteras ideológicas y geográficas.
No se puede decretar el valor.
No se puede suprimir la subjetividad humana.
No se puede reemplazar el mercado sin pagar un precio.
La lección estaba escrita desde el siglo XIX. Venezuela decidió ignorarla. Y el costo ha sido, literalmente, histórico.
La lección de Carl Menger no es una curiosidad académica ni una discusión teórica sin consecuencias. Es una advertencia directa, casi profética, para cualquier sociedad que pretenda someter la economía al capricho del poder político.
Menger demostró que el valor no existe fuera de la mente humana: no está en las cosas, ni en el trabajo, ni en los decretos, sino en la importancia que cada individuo asigna a los bienes según sus necesidades y circunstancias. Ignorar esto no elimina la realidad; solo la distorsiona. Y cuando esa distorsión se convierte en política pública, el resultado no es justicia, sino colapso.
Venezuela ya pagó ese precio.
Pero la advertencia sigue vigente: mientras se insista en fijar precios “justos”, controlar mercados o sustituir la decisión individual por la imposición estatal, la crisis no será un episodio del pasado, sino un ciclo que se repite. Porque ninguna ley puede reemplazar el juicio humano, y ningún gobierno puede calcular lo que millones de personas valoran de forma distinta y cambiante.
La enseñanza es incómoda, pero inevitable: no se puede gobernar la economía negando la naturaleza humana.
Si Venezuela o cualquier nación que transite ese mismo camino no asume esta verdad, volverá a tropezar con la misma piedra: creer que el valor se decreta, hasta descubrir, una vez más, que lo único que se decreta así es la escasez.
Gervis Medina
Recuerda seguirnos en nuestra CUENTA DE WHATSAPP


Comment here