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El español en los medios, Por David Figueroa Díaz



Algunos usos de la coma y los puntos suspensivos

La coma es el signo que más se utiliza, y por ende es el que más dificultades ofrece a la hora de redactar. En los actuales momentos las redes sociales están plagadas de escritos en los que solo por adivinación podrá entenderse lo que algunos usuarios habituales desean expresar. Su uso adecuado permite la comprensión del texto, independientemente de sus características: ensayo, cuento o novela. Para eso es fundamental un poco de sentido común.

Por ser un asunto de difícil manejo, muchos estudiosos han dedicado tiempo para mostrar compendios que de manera clara y sencilla se conviertan en guías prácticas para resolver situaciones a la hora de escribir medianamente aceptable. Unos dicen que hay dos o cinco usos de la coma; otros señalan que son más de veinte, lo cual demuestra que el asunto no es fácil; pero tampoco imposible de digerir.

En su libro «Redacción sin dolor», el escritor mexicano Sandro Cohen ha condensado el uso de la coma en diez puntos, «producto de años de ensayo y error en seminarios y casos de redacción». Lo recomiendo ampliamente, pues cada uno está descrito de una forma sencilla y amena. De los presentados por Cohen, extraigo cuatro, con algunos ejemplos, para ilustrar este escrito, surgido de la inquietud de consecuentes seguidores de este trabajo de divulgación periodística.

Sobre el empleo de la coma, dada la frecuencia con que se incurre en impropiedades, he escrito muchos artículos, que han servido para que una considerable cantidad de redactores aficionados y otros profesionales hayan adquirido facilidad en el manejo de este indispensable signo de puntuación, sin el que la escritura no tendría sentido. Es por eso que nunca estará demás volver de cuando en cuando sobre este tema, que a unos pone a dudar, y a otros induce a incurrir en impropiedades.

El más elemental de los usos de la coma es el de separar elementos en serie: arroz, harina de trigo, maíz, legumbres. Sin embargo, muchos son los redactores que por desconocimiento o por frivolidad, usan el guión: arroz-harina de trigo-maíz-legumbres. Lo lamentable de esto es que quienes incurren en este tipo de falta, son personas a las que sería impensable tacharles un error de esa naturaleza, incluidos doctores en Ciencias de la Educación.

La coma también debe usarse entre frases u oraciones de construcción semejante: «Comió fresas con crema, peras con azúcar, manzanas bañadas en miel, duraznos en almíbar y uvas sin nada»; «Salimos del cine, recogimos el auto y fuimos al restaurante»; «Abomina la religión, detesta la filosofía y ni en pintura puede ver un maestro».

Antes y después de una inversión sintáctica debe ir coma: «Las muchachas, a las tres de la tarde, desafiaron al director»; «A las tres de la tarde, las muchachas desafiaron al director».

Pero el caso de mayor frecuencia en impropiedades, es el uso antes y después de un vocativo. De este mal empleo de la coma, están plagadas las redes sociales y otros espacios en los que se escribe de manera habitual. Es quizás el caso más fácil del uso de la coma; pero sin dudas es el más olvidado.

Entiéndase por vocativo la persona o cosa personificada a la que se invoca cuando se habla o se escribe. Entre tanto, la coma vocativa o coma del vocativo, es la que se usa para marcar la existencia de este. El vocativo puede estar al principio, en medio o al final de la frase, según el gusto de quien escribe: «Juan, entra en seguida»; «Entra, Juan, en seguida»; «Entra en seguida, Juan».

Puntos suspensivos
Finalmente, para darle fiel cumplimiento a la temática de este artículo, y con ejemplos tomados del libro Curso de Redacción, de G. Martín Vivaldi, es prudente indicar que los puntos suspensivos son tres (…) y no dos, cuatro o diez, como ocurre habitualmente.

Estos indican interrupción de lo que se dice, y se usan básicamente para expresar lo que no debe verse, pero que fácilmente es entendible: «Buenos es el culantro, pero…». A veces sustituye a etcétera: «César, Felipe II, Napoleón, Bismarck…». El temor, duda o sorpresa, por lo general, sugieren el empleo de los puntos suspensivos: «Me niego a saludar a un… delincuente»; «Empiezo a comprender por qué la quería y por qué… le pegaba»; «Abrí la puerta y… ¡horror!… un espectáculo dantesco».

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