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La única manera de cambiar el destino de la sociedad venezolana es cambiando las ideas. Una reflexión desde la filosofía política y la economía. Por Gervis Medina

Las sociedades no cambian cuando cambian los gobernantes. Cambian cuando cambian las ideas que los ciudadanos consideran verdaderas. La historia demuestra que las instituciones, las leyes y los sistemas políticos son el resultado de creencias profundamente arraigadas acerca de la libertad, el poder, la justicia y la responsabilidad individual.

Cuando afirmo que «la única manera de cambiar el destino de la sociedad venezolana es cambiando las ideas», no me refiero a una frase motivacional. Me refiero a un principio respaldado por siglos de filosofía política y economía.

Venezuela no llegó a la crisis únicamente por malas decisiones económicas ni por la corrupción de sus dirigentes. Llegó porque durante décadas fue aceptando una visión del mundo según la cual el Estado debía resolver todos los problemas de la sociedad. Esa transformación cultural precedió al colapso político y económico.

Las ideas gobiernan antes que los gobiernos

El economista británico John Maynard Keynes, cuya obra suele asociarse con un mayor intervencionismo estatal, escribió una frase que trasciende las diferencias ideológicas:

«Las ideas de los economistas y filósofos políticos, tanto cuando tienen razón como cuando están equivocados, son más poderosas de lo que comúnmente se cree.»

La historia confirma esta observación. Antes de la Revolución Americana existieron las ideas de John Locke. Antes del liberalismo económico estuvo Adam Smith. Antes del socialismo aparecieron Karl Marx y Friedrich Engels. Las revoluciones siempre comienzan en los libros antes que en las calles.

Por ello, ninguna transformación duradera puede construirse únicamente sobre consignas electorales o cambios de liderazgo. Si la cultura política permanece intacta, los mismos errores reaparecerán con distintos protagonistas.

Venezuela: una derrota cultural antes que económica

Durante décadas se enseñó a los venezolanos que el petróleo hacía innecesario el esfuerzo productivo. Se difundió la idea de que el Estado era el verdadero creador de riqueza y que distribuir era más importante que producir.

Estas creencias no nacieron con Hugo Chávez. Él supo aprovechar una tradición estatista que venía consolidándose desde mediados del siglo XX. El chavismo encontró terreno fértil porque muchas de sus premisas ya habían sido aceptadas por amplios sectores de la sociedad.

El intelectual venezolano Carlos Rangel, en Del buen salvaje al buen revolucionario, advertía que América Latina padecía una profunda incapacidad para asumir responsabilidades propias, prefiriendo atribuir sus problemas a factores externos. Esa cultura alimentó la expectativa permanente de un Estado providencial.

Cuando una sociedad deja de valorar la iniciativa privada, el ahorro, la responsabilidad individual y el respeto por la propiedad, comienza lentamente a destruir los fundamentos de su prosperidad.

Hayek y la batalla de las ideas

El premio Nobel Friedrich A. Hayek comprendió que la política es consecuencia de procesos culturales mucho más profundos.

En Los fundamentos de la libertad sostuvo que:

«Si queremos preservar una sociedad libre, debemos reconocer que la libertad no puede mantenerse sin una amplia aceptación de ciertos principios.»

Hayek entendía que las leyes no bastan cuando la cultura favorece el autoritarismo. Si la mayoría considera legítimo que el poder político decida cómo deben vivir las personas, las instituciones terminan adaptándose a esa mentalidad.

Esto resulta especialmente relevante para Venezuela. Cambiar una Constitución o sustituir un gobierno será insuficiente si persiste la idea de que toda solución debe provenir del Estado.

Ludwig von Mises y el poder de las ideas

El economista austríaco Ludwig von Mises fue aún más contundente.

En La acción humana escribió:

«Lo que determina el curso de la historia son las ideas.»

Para Mises, las crisis económicas no son accidentes inevitables. Son consecuencias de teorías equivocadas convertidas en políticas públicas.

Cuando un país cree que imprimir dinero genera riqueza, destruye su moneda.

Cuando piensa que controlar precios combate la inflación, provoca escasez.

Cuando supone que nacionalizar empresas crea prosperidad, termina destruyendo la producción.

Venezuela constituye uno de los ejemplos más dramáticos de esta secuencia.

Thomas Sowell: las consecuencias de las ideas

El economista estadounidense Thomas Sowell ha insistido durante décadas en que las políticas deben juzgarse por sus resultados y no por sus intenciones.

En Conflicto de visiones y Conocimiento y decisiones explica que muchas propuestas fracasan porque parten de una visión excesivamente optimista sobre la capacidad del poder político para organizar la sociedad.

La experiencia venezolana parece confirmar esta advertencia. Numerosos programas fueron presentados como actos de justicia social, pero terminaron profundizando la pobreza, debilitando las instituciones y concentrando un enorme poder en el Estado.

Las buenas intenciones nunca sustituyen las buenas instituciones.

La responsabilidad individual como fundamento de la libertad

El filósofo británico John Locke afirmaba que los individuos poseen derechos anteriores al Estado.

La vida, la libertad y la propiedad no existen porque un gobierno las conceda, sino porque pertenecen a la naturaleza misma de la persona.

Cuando una sociedad olvida este principio, deja de considerar al ciudadano como sujeto de derechos y comienza a verlo como beneficiario de favores estatales.

Allí aparece el clientelismo político.

Allí nace la dependencia.

Y allí comienza el deterioro de la libertad.

La batalla cultural

El economista Milton Friedman sostenía que las grandes transformaciones ocurren cuando existen ideas disponibles para ser aplicadas en momentos de crisis.

Escribió:

«Solo una crisis —real o percibida— produce un cambio verdadero. Cuando esa crisis ocurre, las acciones que se toman dependen de las ideas que estén disponibles.»

Venezuela vive precisamente esa circunstancia.

La pregunta no es únicamente cómo reconstruir la economía.

La verdadera pregunta es qué ideas orientarán esa reconstrucción.

Si las mismas concepciones estatistas continúan dominando el debate público, el país corre el riesgo de repetir los errores que lo condujeron a la ruina.

Cambiar la conversación nacional

La recuperación venezolana exige una conversación distinta.

Hablar de emprendimiento en lugar de dependencia.

Hablar de producción antes que de reparto.

Hablar de responsabilidad antes que de victimización.

Hablar de instituciones antes que de caudillos.

Hablar de ciudadanos antes que de súbditos.

Las sociedades libres no nacen porque aparezca un líder excepcional. Surgen cuando millones de personas modifican la manera de entender la libertad, la propiedad, la ley y la convivencia.

Conclusión

El destino de Venezuela no depende únicamente de una elección presidencial, de una reforma institucional, de anexars a otro país o de un programa económico. Depende, sobre todo, de la transformación intelectual de sus ciudadanos.

Las ideas preceden a las instituciones. Las instituciones moldean los incentivos. Los incentivos determinan la conducta. Y la conducta colectiva termina definiendo el futuro de una nación.

Por eso, la frase «La única manera de cambiar el destino de la sociedad venezolana es cambiando las ideas» resume una verdad respaldada por la experiencia histórica y por pensadores tan diversos como John Locke, Adam Smith, Ludwig von Mises, Friedrich Hayek, Thomas Sowell, Milton Friedman y Carlos Rangel.

Si Venezuela aspira a reconstruirse sobre bases sólidas, la verdadera revolución no será económica ni política: será cultural. Y toda revolución cultural comienza donde siempre han comenzado los grandes cambios de la humanidad: en las ideas.

Gervis Medina
Abogado, criminólogo y escritor venezolano

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