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Politólogo Jesús Castillo Molleda: Brasil 2026: Lula y la sucesión bolsonarista

Las elecciones presidenciales brasileñas del 4 de octubre de este año, con una eventual segunda vuelta el 25, constituyen mucho más que una competencia entre Luiz Inácio Lula da Silva y Flávio Bolsonaro, representa una nueva expresión de la fractura política que reorganizó el sistema partidista brasileño desde 2018 y que, lejos de diluirse, parece haberse convertido en el principal eje ordenador de la competencia electoral. Lula, a sus 80 años, busca un inédito cuarto mandato. Flávio Bolsonaro, senador e hijo mayor de Jair Bolsonaro, intenta transformar el liderazgo personal de su padre en una sucesión política capaz de mantener cohesionado al campo conservador.

El dato central es que la elección llega con una polarización altamente consolidada. Las mediciones de comienzos de septiembre muestran a Lula encabezando el primer turno, aunque sin una ventaja suficiente para evitar una segunda vuelta. Quaest registra 36% para Lula y 29% para Flávio, mientras Nexus/BTG sitúa la diferencia en 39%-35%.

Más significativo todavía es el escenario de segunda vuelta: ambas encuestas encuentran un empate técnico, con diferencias dentro del margen de error. Esto revela que la principal característica de la elección no es la existencia de un favorito indiscutible, sino la extraordinaria estabilidad de dos electorados que se encuentran prácticamente movilizados de antemano.

Desde la perspectiva politológica, puede hablarse de una polarización calcificada. La competencia continúa siendo intensa, pero los desplazamientos entre los dos grandes bloques son relativamente reducidos. Lula conserva una estructura territorial y social particularmente sólida en el Nordeste, entre sectores de menores ingresos, beneficiarios de programas sociales, mujeres, población negra y mayores de 60 años. Flávio, por su parte, hereda buena parte del mapa electoral bolsonarista, con especial fortaleza en el Sur, Centro-Oeste y determinados sectores del Norte, además de una ventaja entre evangélicos, hombres, jóvenes y electores de mayores ingresos.

El Sudeste, por su peso demográfico y su comportamiento más competitivo, aparece nuevamente como el gran territorio de disputa.
Esta distribución confirma que el voto brasileño continúa articulándose alrededor de clivajes territoriales, socioeconómicos, religiosos y generacionales. Sin embargo, estos clivajes ya no funcionan de manera independiente: son absorbidos por dos identidades políticas cada vez más definidas. El lulismo y el bolsonarismo operan, en consecuencia, no solamente como preferencias partidistas, sino como marcos de interpretación de la realidad política. Para una parte del electorado, Lula representa protección social, inclusión y defensa de la institucionalidad democrática; para otra, representa continuidad de un modelo de Estado que considera excesivamente intervencionista.

Flávio, en sentido contrario, busca convertir la defensa de Jair Bolsonaro, la seguridad pública, la reducción del gasto y la confrontación con el STF en una identidad política de continuidad familiar.
Aquí aparece una de las principales diferencias respecto de Jair Bolsonaro. Flávio no dispone exactamente de las mismas condiciones políticas que permitieron la construcción del fenómeno bolsonarista original. Su candidatura tiene un componente marcadamente sucesorio y dinástico: no se limita a representar una corriente ideológica, sino que intenta demostrar que el capital político acumulado por Jair puede ser transferido a un miembro de su familia. De allí que su discurso combine una moderación táctica (la imagen del “Bolsonaro que se vacunó”)con posiciones firmes frente al STF, la seguridad y la situación judicial de su padre.

La estrategia consiste en ampliar el electorado sin romper con el núcleo identitario que sostiene al bolsonarismo.
El problema estratégico de Flávio es que esa transferencia de liderazgo no es automática. Jair Bolsonaro construyó su fuerza sobre una combinación excepcional de liderazgo personal, movilización digital, rechazo al establishment y capacidad para articular sectores conservadores diversos. Flávio hereda la marca, pero debe demostrar que puede transformarla en una coalición electoral propia.
Lula enfrenta un desafío diferente.

Su principal fortaleza no depende exclusivamente de su popularidad personal, sino de la existencia de una coalición social relativamente estructurada alrededor del lulismo. Sin embargo, su gobierno llega a la elección con niveles de aprobación y desaprobación divididos y con la inseguridad ocupando un lugar central entre las preocupaciones ciudadanas. Esto introduce una vulnerabilidad importante: mientras el oficialismo puede movilizar el recuerdo de las políticas sociales y la estabilidad institucional, la oposición puede convertir la inseguridad y la percepción de deterioro económico en instrumentos para disputar electores moderados.
La llamada “tercera vía” vuelve a demostrar, entretanto, sus dificultades estructurales. Candidaturas como las de Augusto Cury, Ronaldo Caiado, Romeu Zema o Renan Santos no consiguen capitalizar de manera suficiente el cansancio de un sector del electorado con la polarización. El hecho de que aproximadamente 43% manifieste fatiga frente a ella no significa necesariamente que exista una demanda electoral efectiva por una alternativa centrista.

Esta es una distinción fundamental: rechazar la polarización no equivale necesariamente a abandonar uno de sus dos polos. En un sistema donde las identidades políticas están tan consolidadas, el elector puede estar cansado del conflicto y, aun así, votar por Lula o por Bolsonaro.

Por ello, la segunda vuelta probablemente no será decidida por la capacidad de Lula o Flávio para transformar radicalmente el mapa electoral, sino por su capacidad para movilizar y persuadir dentro de los márgenes todavía disponibles. El Nordeste continuará siendo una reserva estratégica para Lula; el voto evangélico y los electores preocupados por la seguridad constituyen espacios fundamentales para Flávio; y el Sudeste puede terminar funcionando como el territorio de definición. A ello se suma un factor transversal: la capacidad de cada candidatura para atraer a quienes rechazan la polarización sin sentirse representados por una tercera opción.

En definitiva, Brasil enfrenta en 2026 una elección en la que la alternancia no necesariamente implica una ruptura del ciclo político iniciado en 2018. Lula y Flávio Bolsonaro representan proyectos distintos, pero ambos compiten dentro de un sistema cuya principal característica continúa siendo la confrontación entre dos comunidades políticas. La verdadera disputa, por tanto, no será únicamente por la Presidencia, sino por la capacidad de uno de esos dos campos para consolidarse como fuerza predominante y redefinir el equilibrio institucional brasileño durante los próximos años. Brasil vuelve a votar entre dos liderazgos, pero, sobre todo, entre dos formas de interpretar su democracia, su Estado y su futuro político.

Politólogo, Jesús Castillo Molleda

@jesuscastillomolleda

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